sábado, 6 de febrero de 2016

Mundaka y Pastel Vasco

No podía correr más. Hacía tiempo que el sonido de los cuernos inundaba toda la comarca, era el aviso de peligro. Las noticias que llegaban no eran muy buenas. Los leoneses avanzaban y a su paso no dejaban nada. Algunos comerciantes los habían visto muy cerca, en las tierras de los Sámanos (Castro Urdiales) y nada los iba a detener.


Tras la carrera, la fatiga apenas dejaba levantar la cabeza y mirar al mar. Era temprano y la bruma confundía el horizonte. Pronto comenzó a adivinarse una embarcación. No era la primera vez que veían una nave como aquella, pero nadie recordaba algo tan grande, aquello era diferente, más velas, más remos…  

Al ver que la embarcación dejaba la isla de Izaro a estribor y se acercaba a tierra, la gente comenzó a asustarse. Los mayores no esperaron más y, nerviosos, prepararon la defensa. Escudos, espadas, lanzas… la tranquilidad de la aldea quedaba rota por el choque metálico de las armas. Mientras, las mujeres corrían en busca de sus hijos para esconderse en las zonas altas del bosque. No era la primera vez que luchaban.


La nave estaba muy cerca, pronto llegaría a tierra, pero la actividad a bordo no era la de un ataque. La cadencia de los remos era relajada, el movimiento de la tripulación sosegada, las maniobras con el trapío cuidadosas, parecía que aquel barco llegaba a tierra amiga.

Podía ser una trampa, nadie se confiaba y todo el mundo esperaba agazapado el momento del asalto. Por fin la nave se detuvo, varios hombres arriaron un bote en el que montaron varias personas. Estaba claro que no era un ataque, al menos de momento.

La tensión inicial dejaba paso a la curiosidad. Varios hombres salieron de sus escondites para acercarse al muelle a recibir a aquella extraña visita.

Rápidamente se corrió la voz. En aquel bote además de los hombres que remaban, viajaba una hermosa mujer vestida de blanco, con largos cabellos rubios y tez pálida. Algunos al verla huyeron asustados recordando viejas historias de seres mágicos que llegaban desde el mar. La realidad era bien distinta y días más tarde se supo la  verdadera historia.


Aquella mujer era hija del rey de Escocia, que para protegerla de las guerras, mandó que viajara hacia el sur en busca de tierras más tranquilas. La casualidad y las mareas hicieron que llegara a Mundaka, y viendo que aquel paraje era tranquilo, decidió atracar para descansar y reponer las bodegas antes de seguir su viaje. Pero lo que iba a ser una corta estancia fue alargándose. Las semanas pasaban y aquella mujer no se marchaba, aquel lugar le había gustado. La leyenda dice que una noche de viento sur, durmió con ella un diablo al que llamaban “El Señor de Casa” y quedó embarazada. Al tiempo tuvo un niño muy rubio y de piel muy blanca que la gente de la aldea  llamó Zuria (blanco).
El pequeño Zuria creció rodeado de un halo de misterio y con los años se convirtió en un gran guerrero muy conocido y respetado en toda la comarca.


Mientras todo esto ocurría, el Rey de León seguía avanzando y arrasando el territorio de Bizkaia. Tal era la amenaza que incluso algunas tropas leonesas habían conseguido adentrarse hasta llegar al Basigo de Bakio. Viendo los vecinos de Mundaka que el enemigo estaba muy cerca, decidieron unirse al señor de Durango para luchar contra los leoneses en un lugar conocido como Padura.

Aquella batalla no fue una cualquiera. Un hijo del rey de León dirigía un numeroso ejército, y no quiso entrar en batalla formal a no ser que alguien con sangre real dirigiera a su enemigo.


Nadie en la comarca, ni en toda la región tenía sangre real… excepto el joven Zuria. Con 22 años recién cumplidos Zuria fue nombrado capitán de los ejércitos de Bizkaia. Su sangre real dio luz verde a la batalla y motivó sobremanera a sus vecinos de Mundaka.


Tras una dura lucha, el hijo del rey de León fue derrotado y sus hombres fueron perseguidos y expulsados hasta el árbol de Luyando, limite de los territorios. El lugar de la batalla pasó a llamarse Arrigorriaga (arri= piedra, gorri=rojo) por la sangre derramada y Zuria pasó a convertirse en Jaun Zuria (Señor Blanco) proclamado por los vizcaínos Señor de Bizkaia,  por ser un gran guerrero, asumir el mando y conseguir la victoria sobre el enemigo.


Desde entonces hasta ahora, Jaun Zuria no deja de hacer surf en las olas de Mundaka. Su espíritu recorre toda la zona de la desembocadura de la ría protegiendo a los vizcaínos. 


Y cuando descansa, se acerca a la Ermita de Santa Catalina, lugar mágico en el que recuerda a su madre rubia y vestida de blanco.


Después de esta historia de leyenda e inventiva, lo mejor es comerse un pastel vasco o gateau basque… porque el origen de este sabroso postre es en Francia. Se cree que su origen es en el S. XVIII y se empleaba harina de maíz. Hay constancia que mucho antes se hacía algo parecido pero utilizando harina de mijo que se llamaba “etxeko bizkotzak” pero los comerciantes que recorrían la zona ante la dificultad del nombre, terminaron llamándole el pastel de los vascos o gateau basque.

Antiguamente el pastel vasco no llevaba relleno pero con el tiempo se le puso un relleno de frutas del bosque, mermeladas o la actual crema pastelera. Hay miles de formas de hacer un pastel vasco, yo lo voy a rellenar de crema pastelera.

Para hacer este pastel vasco hace falta.   

Para la masa: 225 gr de harina. 200 de Azúcar. 200 de mantequilla. 1 cucharadita de levadura. 2 huevos. 1 yema y si se tiene (que no es mi caso) ralladura de limón.


Para la crema: ½ litro de leche, 5 yemas, 75 gr de Azúcar. 20 gr de Harina. Esencia de vainilla.


Dicen que lo primero para hacer este pastel es tamizar la harina (colarla) y mezclarla con la levadura. Luego mezclar el azúcar con los huevos y la yema.




Más tarde añadir la mantequilla en punto de crema, que se deshaga pero no derretida. Mezclar muy bien. Cuando la mantequilla se integre, ir añadiendo harina, poco a poco  y a la vez mezclando.


Hay que conseguir una masa uniforme que dividiremos en dos partes iguales, envolveremos en film y meteremos a la nevera, incluso congelador. Fundamental enfriar la masa para luego poder manipularla.


Mientras la masa se enfría mucho… mucho, podemos ir haciendo la crema. Para ello ponemos a calentar la leche y le añadimos la esencia de vainilla.


Mientras la leche calienta, en un bol mezclamos las yemas con el azúcar y la harina que la desleímos con un poco de leche fría en una taza. Cuando la leche esté caliente, añadimos la mezcla de yemas, azúcar y harina y removemos constantemente hasta que el asunto comience a ponerse denso. 


Parece que nunca va a suceder pero cuando das todo por perdido y vas a tirar todo por la fregadera, la mezcla comienza a convertirse en crema. Cuanto más calor demos, más densa será la crema, eso al gusto.

Ahora viene lo difícil, por lo menos para mí. El pastel vasco tiene una base un relleno y una tapa. La base y la tapa son nuestra masa fría y el relleno lo acabamos de hacer. Con la masa fría hay que hacer una base en un molde. 


Una vez que tenemos la base, ponemos el relleno. Ayuda bastante una manga pastelera. 


Después del relleno falta la tapa que tiene su miga hacerla sin que se desmorone todo el asunto. Insisto que con una manga pastelera es más cómodo y no hace falta enfriar la masa, basta con poner capas: una de masa, otra de crema y encima otra de masa, aunque se mezclan, luego a la hora de hornear se diferencian perfectamente. 
Yo me he lanzado a la aventura y he fabricado una tapa. Lo complicado es que al manipular la masa se va calentando y se deshace, hay que hacerlo muy rápido.


Una vez que hemos tapado el asunto, untamos con huevo la zona exterior y si te atreves a hacer algún dibujito, ánimo. Yo le he hecho unas rayitas.
Precalentar horno a 220º y tenerlo 25 minutos aprox.






Jaun Zuria no conoció el pastel vasco porque llego muy pronto a Mundaka. Seguramente su espíritu, que anda entre la isla de Izaro y la ermita de Santa Catalina, ha visto, olido y se ha quedado con ganas de hincarle el diente a este delicioso postre. A su salud Jaun Zuria! 



martes, 20 de octubre de 2015

Gormaz y los pimientos rellenos

Adentrarse por aquellas tierras a caballo era muy arriesgado, pero las noticias que llegaban al norte desde la frontera del Duero merecían un largo viaje. El joven Inguma estaba cerca de su destino, pronto iba a descubrir si era verdad lo que tantas veces había escuchado a soldados y trovadores. 
Entre los árboles comenzaba a verse un gran claro y antes de que el bosque terminara, bajó de su caballo y con mucho cuidado apartó unas ramas.


 ¡Allí estaba!  Jamás en su vida había visto nada igual. Todo lo que había oído era cierto. ¡Era la fortaleza mas grande que jamás se había construido!. Su silueta era imponente y desde lo alto se podía controlar toda la extremadura del Duero.


Al ver aquella construcción, imaginó sus primeros moradores... los celtas... levantando los primeros muros, luego a los romanos vigilando la llanura, y no hacia mucho a los godos... Ahora estaba en manos de los musulmanes, que lo habían transformado en una imponente fortaleza.


Todo el mundo era consciente que quién dominaba esta construcción, dominaba el valle del Duero, por eso eran normales las batallas para su conquista. La ultima gran victoria había sido la del temible Almanzor. Eran muchos los trovadores que cantaban sus hazañas, sobre Ramiro III de León, Gracia Fernández de Castilla y Sancho II de Navarra, aquí en Gormaz.


Inguma estuvo un buen rato escondido contemplando en silencio el movimiento dentro de la fortaleza. Soldados vigilantes recorriendo las murallas, puertas que de vez en cuando se abrían para dejar pasar carros con alimentos, ruidos metálicos que recordaban que aquella zona era la frontera y era peligrosa. 


Por fin, despertó de su letargo y decidió seguir su camino. Al montar en su caballo pensó ¿qué será de aquel lugar dentro de mil años? ¿quién lo habitará?.


Lo que no se imaginaba Inguma es que poco mas tarde el castillo de Gormaz iba ser administrado por el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar, “el Cid”  y que con el tiempo, lo que en su época fue una de la mayores obras de Europa, se iba a convertir en una ruina un poco abandonada y difícil de mantener.


Seguramente que en estos castillos el tema de la comida era algo muy importante. Largos periodos de asedio en los que el agua y el alimento era fundamental. Lo que seguramente no tenían a mano eran estos pimientos rellenos de gambas con salsa de txipiron.  Seguramente si los hubieran tenido no hubieran habido batallas y quizás el castillo se conservaba en mejor estado.


Para hacer los pimientos hace falta unas cebollas, ajos, gambas, harina, tinta y como no, pimientos.
Como en todos los platos, la calidad de los productos hará que la cosa quede de una forma u otra, pero en general este plato es bastante agradecido independientemente de lo que se utilice. Poner los pimientos que os gusten y las gambas frescas, yo las voy a hacer con congeladas.


Lo primero es poner a pochar dos o tres cebollas  con un poco de ajo para hacer la salsa negra.
Mientras, podemos poner un poco de ajo y perejil y pasar las gambas. Cuando estén hechas, escurrirlas pero reservar el liquido por si acaso luego lo necesitamos.


Mientras la cebolla se termina podemos ir haciendo una besamel. Poner un poco de aceite y mantequilla. Cuando este caliente ir añadiendo harina y removiendo a la vez. Cuando veamos que la harina esta cocinada (yo lo hago a ojo) le vamos añadiendo leche caliente (se puede añadir, además, liquido de las gambas) y moviendo con la varilla. Le añadimos sal y si se quiere pimienta o alguna hierba que os guste. La clave de una buena besamel es batir mucho y que no tenga sabor a harina.  Alguna vez que me han quedado grumos la he batido y pista y si se tiene Thermomix ya ni te cuento. 



Ya tenemos las gambas, la besamel y solo falta la salsa negra. Cuando la cebolla y el ajo estén en su punto, lo pasamos por la batidora y le añadimos los sobrecitos de tinta diluidos en agua caliente. Es bueno colar la tinta porque a veces trae arenilla.



Ahora hay que mezclar las gambas con la besamel (aquí también se puede utilizar el jugo de las gambas para aligerar un poco la besamel, si hace falta) y rellenar los pimientos.



Una vez rellenos, al horno, no muy caliente, para que los pimientos se hagan un poco.  Cuando veamos que el pimiento se anima, añadimos la salsa negra y otra vez al horno hasta que el ojo y apetito nos digan que ya están.  



Al castillo de Gormaz ya están llegando las carretas con trigo para hacer el pan y no parar de untar en vez de tirar flechas.

viernes, 31 de enero de 2014

Bacalao al Pil Pil para cenar

Cuenta la leyenda que hace muchos años, un barco pesquero que faenaba en alta mar, se encontró con una tormenta inesperada que hizo que toda la tripulación se pusiera alerta.
En la bodega, uno de los marineros se encontraba preparando una cazuela de bacalao para la tripulación, pero los gritos de sus compañeros hicieron que abandonara sus tareas para ayudar a enderezar el barco.



La marmita en la que había cocinado el bacalao quedó abandonada y el bacalao fue de un lado a otro moviéndose al compás de las olas.  Tras la tormenta, la tripulación estaba hambrienta y el cocinero volvió corriendo a la bodega para continuar preparando el bacalao. Al llegar la sorpresa fue máxima, una salsa de color amarillento verdoso cubría toda la cazuela. Acababa de nacer el bacalao al pil pil.



Aunque la historia suene un tanto chusca, no es de extrañar que de alguna forma parecida surgiera dicha receta.
Por lo que he leído por ahí, en la zona del País Vasco se lleva pescando bacalao desde que el hombre es hombre. En el año 875 ya existen documentos que acreditan que la pesca del bacalao era algo importante.
Y uno de los pueblos que tiene algo que ver con el tema de la pesca y el bacalao es Bermeo. Lugar de pescadores desde tiempos inmemorables.


Leo por ahí que algunas leyendas sitúan la fundación del antiguo puerto, 150 años después del diluvio y hay quien dice que fue en la época romana en el siglo I a. C. bajo el gobierno del emperador Flavio Vespasiano.
Tanto es así que Bermeo  se convirtió en 1476 como "Cabeza de Vizcaya", título que le fue arrebatado en 1602 por Bilbao.
La grandeza de Bermeo fue languideciendo por culpa de los diversos incendios que sufrió y por las guerras banderizas.



Actualmente es una localidad cuya economía depende de la actividad pesquera ya sea por su flota de altura o bajura como por la industria de las conservas, astilleros, motores, etc. 


Al llegar a Bermeo comienza a oler a harina de pescado, a motor diesel, a salitre… Sus calles siempre están animadas y es de los pocos lugares donde aún pueden verse cuadrillas de hombres tomando vinos en manada.



Y todo esto para hacer bacalao al pil pil, una receta que ha alcanzado dimensiones inimaginables, un pez que se consumía como el pan y que ahora es considerado una de las exquisiteces de la gastronomía.


Tuve la suerte de conocer la opinión de Juan Mari Arzak sobre el bacalao y su reflexión era que él no lo hacía porque en Bizkaia se cocinaba mejor que él.

-euskadi-cocina-cumbre/
La clave del bacalao, como en todos los platos, es la calidad de la materia prima. En el caso del bacalao es fundamental porque si la pieza no es buena es difícil hacer el pil pil.

En mi caso he utilizado unas piezas sencillas, para cenar entre semana, que con paciencia se le puede sacar partido.


Los ingredientes son bien sencillos: bacalao desalado, aceite de oliva, ajo y guindilla roja si se quiere.
Hay discusiones con el tipo de aceite, pero al final es una cuestión de gustos. Si te gusta una salsa potente, aceite de un grado, si la cosa te gusta más suave… mezcla de aceites o aceite suave.
Primero hay que freír unos ajos troceados hasta que se doren y luego retirarlos. 


Una vez que el aceite ha cogido el sabor a ajo, retirarlos para que no se quemen, bajar la intensidad del fuego y dejar el aceite a una temperatura en la que podamos meter el dedo sin quemarnos.


Poner el bacalao con la piel hacia arriba en el aceite y dejarlo confitando hasta que comience a producirse ¡el milagro!
Pronto el bacalao comenzará a desprenderse de la sustancia que lo hace mágico. Unas bolitas de gelatina llenas de sabor, que al mezclarlas con el aceite, creará una de las salsas más sabrosas y mejor valoradas de la gastronomía actual.



La clave para que esas burbujas se mezclen con el aceite, es la temperatura. Cuando el recipiente en el que hemos calentado el bacalao se llene de burbujas, retirarlo del fuego y dejar enfriar. Retirar el bacalao para no romperlo y comenzar a menear.
La alternativa al meneo es el colador, elemento fundamental para una rápida mezcla de sustancias.


Mover el colador hasta que encontremos la densidad de salsa que nos guste. Mi conclusión es que cuanto más densa sea la salsa, más aguanta sin desligarse y más fácil es calentarla.


El resultado de mi receta es para un día entre semana, pero si la cosa va en serio, la rodaja de bacalao ha de ser más ancha y  con más presencia. De esa forma las lascas del bacalao llamarán la atención y serán el comienzo de un gran plato.


Como dice el dicho: que viva, que viva, que viva Bilbao, que viva Bizkaia y el buen bacalao!!