viernes, 21 de enero de 2011

Pasta a la Bolognesa

Esta es una de las recetas que mas emociones produce. Todos recordamos la ilusión que hacia de niño (y de mayor), llegar a casa y ver que para comer había pasta a la Bolognesa (a partir de ahora Boloñesa). Era un plato de viernes o sábado.

También era una sensación de gozo abrir la nevera, el horno, la cazuela, lo que sea, a las tantas de la madrugada y ver que habían sobrado macarrones a la boloñesa. Estaban buenos fríos, calientes, con poco tomate, con mucho tomate… daba igual.

Hay mil formas de hacer el plato, pero todos se basan en lo mismo: carne picada, tomate, cebolla, y verduras varias a gusto de consumidor, especias y pasta.


Mi receta es de batalla, de esas que haces un sábado o un domingo cuando llegas después del aperitivo, miras al reloj y ves que los niños tenían que haber comido dos horas antes.

Rápidamente abres los armarios y ves que hay carne picada, cebolla, tomate frito y pasta, listo.

Lo primero poner a hervir agua, luego cortar en trocitos pequeños la cebolla y poner con aceite en una sartén.


En ese momento podemos masajear la carne, romper su quietud, hacerle ver que va a ser cocinada. Aunque resulta cochino, no hay nada más gustoso que apretujar la carne picada, oír el rudillo que producen nuestros dedos hurgando en sus entrañas…


Una vez que la cebolla está en su punto, es decir, adquiere madurez en sabores, riqueza en textura, intensidad en aromas, en ese momento, introducimos la carne en la sartén. De esta forma, carne y cebolla van a comenzar juntos, un maravilloso viaje de intercambio de esencias, una dación generosa llena de recompensas.


Llega la hora del sabor. A la hora de elegir un vino blanco para mis guisos, yo siempre apuesto por Musa.


Su color dorado, brillante, su aroma punzante y ese sabor almendrado; seco, poco ácido y con un elegante amargor final, me parecen perfectos para unirse a la fiesta de mis guisos. Yo estoy muy contento y a los míos les encanta.


Dejar la carne y la cebolla macerándose con el juguetón etilo hasta que éste se agote y desaparezca. Para la pasta: dejar hervir el agua, añadir un chorrito de aceite e introducir la pasta. En 8-10 minutos ya está.

En este caso he apostado por el macarrón porque no había más y porque el macarrón es el macarrón. Los tornillos están bien, pero son más difíciles de comer, se escapan. Los caracolillos me gustan pero se pierde mucho tiempo haciendo el vacío con la lengua una vez que están dentro de la boca. El espagueti me encanta pero mancha y también se escapa.

Una vez que sacamos del agua los macarrones yo los suelo lavar. Hay gente que dice que eso es una locura, que la pasta se come recién cocida, etc. A mi me gusta parar la cocción con agua fría, escurrirlos bien y luego rehogarlos en una sartén con aceite y un poco de ajo y perejil.


Volvemos a la carne. Cuando veamos que la carne y la cebolla han dado todo de sí, añadiremos el tomate. Lo ideal es tomate de verdad, pero un tomate frito en conserva salva muchas situaciones. Al que le gusten las especies, ahora es el momento: un poco de orégano, hierbas de Provenza, etc.


Ya sólo falta sumar sabores, unir texturas y dejar reposar unos minutos la salsa. A la hora de servir hay quien mezcla la pasta con la salsa y hay quien sirve la pasta por un lado y la salsa por otro. Al gusto.


Y hablando de pasta. Esta semana me han hecho un gran regalo, una recopilación de viejas historias del Sr. Greenshoot. Esta viene al pelo.



El ruido del agua hirviendo en la cazuela llenaba toda la estancia. La pequeña columna de humo, sorteaba enloquecida los vértices de la campana apagada.

Tras las finas cortinas, los cristales comenzaban a llenarse de vaho. El Sr. Greenshoot avanzaba por el pasillo maldiciendo, mientras se terminaba de atar el pantalón.

- ¡Estos botones...!

Al llegar a la cocina, el aire resultaba empalagoso, como si al entrar, una mano caliente y sudada se abalanzara sobre la cara. Al Sr. Greenshoot esa humedad no le agradaba, pero el suave aroma a pasta cocida hacia olvidar cualquier otra sensación.

- Esto parece que está.- murmuro, mientras abría un cajón para coger una cuchara de palo.

Ni gotas de aceite para que la pasta no se pegue... Ni pizca de pimienta en el momento del hervor... Lo que el Sr. Greenshoot tenía claro es que si la cocción había sido la adecuada y la pasta era de calidad todo lo demás sobraba.

Mientras refrescaba la pasta antes de escurrirla, sonó el timbre.

- ! Vaya ¡¿Quién demonios llamará ahora?

Las maderas del pasillo crujieron suavemente. Al avanzar, una corriente de aire frió rebasó su cara.

- Esa dichosa ventana… a ver cuando llamo… - El timbre volvía a sonar.

- ¡Ya voy, ya voy¡ - grito el Sr. Greenshoot.

Sus dedos giraron rápidamente el manojo de llaves, a la vez su otra mano desplazaba con verdadera agilidad la cadena superior. Por fin abrió la puerta. El olor a diferentes comidas llenaba el ambiente, aunque el predomino de la carne guisada era evidente. Frente a él, una sombra gris que resultó ser un hombre de mediana edad, estiraba tímidamente su brazo.

– Una ayudita para comer… se lo ruego.-

El Sr. Greenshoot emitió un leve bufido, cerró discretamente la puerta y se dispuso a buscar unas monedas en su cartera.

- ¡Mierda!

Tras buscar entre los cientos de tickets, descubrió que solo tenía un billete de 20 euros.

El ruido del grifo abierto estaba poniendo nervioso al Sr. Greenshoot.

-¡Esta gente siempre viene a la misma hora!- protestó.

Observó la puerta, y al ver que seguía tornada, corrió hacia la habitación contigua. Una vez allí, abrió uno de los cajones que tantas veces quiso ordenar.

Su mano removió nerviosa llaveros, mecheros gastados, lápices sin punta y papeles de todo tipo. Por fin encontró dos monedas.

- ¡Uno veinte…! con esto, de sobra.

Al abrir la puerta, sorprendió al hombre aburrido mirando por el hueco de la escalera. Éste, al verle, se asustó y recuperó su gesto triste y apesadumbrado.

-Tome, aquí tiene…. La verdad es que me ha pillado sin dinero en casa y…

- Gracias, gracias.- El hombre sonrió levemente y sin despedirse, se marchó, mirando su mano, clasificando las monedas para repartirla en sus bolsillos.

Malhumorado, el Sr. Greeshoot cerró la puerta, puso la cadena del pestillo y corrió a cerrar el agua del grifo.

La pasta se había hidratado en exceso, había perdido la dureza y tersura que tanto le gustaba.

-¡Mierda! Siempre igual… la próxima vez no abro.- protestó

Tras escurrir la pasta y dejarla reposar, el Sr. Greenshoot se dirigió al armario del aceite y las especias. Antes de abrirlo, estiró el cuello, tomó aire y al abrirlo forzó al máximo sus fosas nasales.

¡Ese aroma… ¡

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